Estos días, antes de entrar en la plaza de Santa María de Jaén, llama la atención un hilo de gente embuchada en grandes abrigos que hace cola. Y antes de poder preguntarse qué regalan, se puede observar un elemento extraño en la plaza. Entre la catedral y el ayuntamiento hay nada menos que un tiovivo.
De cerca se aprecia que se trata de una verdadera antigüedad de madera, colores, espejos y bombillas. Como si tuviera algún misterio indescifrable, los curiosos se acercan a la valla para ver cómo los niños lo prueban.
Al principio a la gente se la ve entusiasmada. Las señoras se pelean porque sus niños sean los primeros, igual que para pedir un turno en el mercado. Más tarde se ve a los niños sobre los caballos y a los padres siguiéndoles muy de cerca o, incluso, agarrándoles para que no se caigan en su camino.
La espera para que comience la función es larga y tediosa. Llega un momento en que te preguntas si realmente lo van a echar a andar o la atracción sólo consiste en estar cerca de tal antigüedad. Es curioso girarse, ver a las espaldas al ayuntamiento y pensar que dos de las últimas mayores inauguraciones en la ciudad son el parque infantilizado del Bulevar y del parque de “La Ciudad de los Niños”. Sorprende cuánto se preocupa este ayuntamiento por la diversión de los pequeños.
Y, en el fondo, aunque algunas escuelas sigan teniendo esas goteras y falta de calefacción, una se divierte pensando en la historia de un alcalde dedicado a su pueblo infantil. Obsesionado con que las infancias de los habitantes sean realmente mágicas… ¿Y por qué no?
De repente, cuando ya se han perdido las esperanzas de que el tiovivo esté realmente vivo, hace aparición un señor en chándal que recoge las entradas de las manos de los niños y acciona el mecanismo.
No suena música, como habría cabido esperar. El viejo aparato cruje, cruje una vez más y, antes de que puedas aprender el orden de los niños sobre los caballos, todo ha acabado.
La gente no sabe cómo reaccionar. Tras unos segundos, del entusiasmo de la cola se pasa a la agitación. Los padres más posesivos corren a arrancar a sus hijos de los caballos y una madre se salta la cuerda de la entrada para montar a su hijo el primero.
El último padre acaricia el morro de “Torpedo” y también se vuelve a su casa.